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- Categoría: El lector
Autor: José Rivero
Comentario:
Huracanes y “el niño”. Hoy oficialmente empieza la temporada de huracanes del océano atlántico incluido las del Golfo de Mexico la cual terminará el treinta de noviembre. La agencia encargada de la administración de la información relacionada pronostica un año bastante moderado en tormentas tropicales marinas de entre 8 y 14 tormentas para las cuales se les asignará un nombre de pila alternando los nombres masculinos y femeninos. Solo se consideran las tormentas de seria importancia. Se ha encontrado que la actividad anual responde a las temperaturas marinas del océano Pacifico sur llamadas caprichosamente “El niño o la niña” las que provocan las actividades ciclónicas del océano atlántico. Bueno sería que llegaran dos a nuestra región para asegurar el abasto de agua. 2/ ¡Mexicanos al grito de guerra! ¿O somos una nación de desertores? ¿O los valientes estamos dormidos? No hay tiempo que perder, no tenemos cañones de acero, tenemos razones y tenemos responsabilidades con los demás y con nuestros nietos. ¿No sabes qué puedes hacer? Primero no seas corrupto porque entonces serás del enemigo. ¿No sabes que más puedes hacer? Enseña los verdaderos valores a los tuyos. ¿Y qué más? Trabaja más duro. Y entiéndelo para siempre. Somos una comunidad y solo en comunidad adquieres poder. Inscríbete en una asociación u Organización de la Sociedad Civil y además entrénate en vivir en familia con coraje y alegría.
Autor: Ernesto Piñeyro- Piñeyro
Comentario:
"Con ojos y Oídos de Niño, de 84 Años, Clamando en el Desierto. ((1.-)). "Consejas de Viejas. Ni las creas, ni las dejas.” Mi infancia transcurrió en los años 40, del Siglo XX. Además de mi abuela materna, nacida en el Siglo XIX, en1885 y que murió a los 65, en el Siglo XX. Había en mi universo social, otras ancianas de las cuales escuché consejas inverosímiles, truculentas y raras. Al fondo del patio de mi casa paterno-materna vivían dos familias en las que había tres de esas ancianas de diferentes años de vejez, antigüedad y edades. La mayor, una octogenaria encorvada por el peso de los años, la desnutrición y todas las calamidades inherentes a ser pobres de solemnidad, al estilo de LEA. Las otras dos, menos viejas, pero no menos maltratadas por la vida. En una de esas familias, estaba incluido un ciego de nacimiento, que tocaba un viejísimo, desafinado violín, prestado, no dado, por un grupo evangélico, que los habían atraído a sus huestes salvadoras, cuando la Iglesia Católica no los socorrió. Enemigos jurados de la Iglesia Católica Romana, como sucede en todos los actos de conversión evangélica. Subsistían estas ancianas y el hijo ciego, de la venta de tortillas hechas a mano, que los vecinos solidarios les compraban y del lavado y planchado de ropa. Su dieta eran frijoles, verduras, quesos elaborados por ellas mismas, con la leche de una famélica cabra que ya había conocido el amor y la maternidad. Además, huevos obtenidos de cinco o seis gallinas que cuidaban como a un tesoro. Auxiliadas por Jásper, un enorme y bravo perro de pelaje grisáceo que destrozaba gatos, tlacuaches y hasta víboras que se atrevían a invadir el gallinero. Pero que a nosotros nos hacía mil gracias al ver que sus amas nos aceptaban. Su vieja casa de madera, tenía en el techo, más agujeros que tejas, por los cuales se colaban el inclemente sol veraniego y la pertinaz llovizna del otoño y el invierno. Por lo que cubrían sus camas y el fogón, con "techitos" de plástico para evitar el impacto de ambos fenómenos naturales. La otra familia estaba integrada por la más joven de las viejas, tres niñas de edades indeterminadas por la insalubridad y la pobreza, una de las cuales murió de disentería. Además, por un viejo que tocaba el corno francés en los desfiles patrios y serenatas domingueras de la banda municipal. Este viejo tenía una panza que le colgaba por arriba del cinturón que se acomodaba casi en las ingles. Vivían estas familias con el pecho pegado al espinazo, por sus carencias alimenticias, pero daban gracias a Dios por estar vivas. Aunque en una ocasión las escuché decir, que hubiera sido mejor quedar muertas en algún campo de batalla de la Revolución. Mi abuela materna, viuda revolucionaria también, las visitaba una o dos veces por semana, para llevarles remanentes, no las sobras, que se oye demeritorio, de nuestra mesa familiar. Pero, prudentemente, nunca participó de sus acerbas críticas a Roma, pues era una católica devota. Además, cumplía piadosamente con el mandato de dar de comer al hambriento, independientemente de su afiliación religiosa. Creo que eran las pocas veces que estos abandonados cristianos, comían un pedazo de carne de res, puerco, pollo o pescado, pues de sus gallinas, ¡Imposible! Pues se quedarían sin sus preciados huevos, ya que solo se las comerían al finalizar sus vidas de ponedoras, cuando ya hubieran crecido nuevas polladas.


